Siempre he creído que el trabajo de la docencia tiene que ser serio y riguroso. No obstante, el tiempo me ha demostrado que también es uno de los más graciosos y está cargado de anécdotas divertidas.

Una de las que recuerdo, siempre con cariño, ocurrió hace ya muchos años. Era la hora de la salida: guaguas, alumnado, familias, coches, entre ellos el mío, que ya estaba en marcha y en medio de toda la cola. Para mi sorpresa y susto, se paró el motor y no había manera de arrancarlo. Como era lógico, mis alumnos de secundaria no tardaron en darse cuenta y no paraban de burlarse… Roja como una granada no sabía qué hacer.

Finalmente, un papá se acercó y me dijo:

  • Me asombra tu paciencia ante tanta tomadura de pelo.
  • Vine a recoger al niño en mi grúa, te voy a ayudar.

Subió el coche en su grúa, conmigo dentro, observada por alguno de los alumnos que se habían burlado. Yo concluí con un saludo y una sonrisa ante mi inesperada carroza. Pero toda anécdota tiene alguna consecuencia negativa. Esto me llevó a pensar cómo trabajar la burla con el susodicho grupo de alumnos para que no se repitiera esta situación.

Comenzamos a tener encuentros en el recreo y, mediante ejemplos, trabajar con ellos el respeto, la empatía, ser ellos mismos el referente, reforzando la comprensión, la confianza y conseguir un rechazo ante este tipo de actitudes.

Hoy en día, este alumnado son padres, responsables y tolerantes, de algunos de los niños y niñas de nuestro centro educados en valores.

Luisy Rodríguez Pérez. Tutora y profesora de Geografía e Historia en Echeyde III

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